miércoles, 2 de noviembre de 2011

EL SONIDO DEL SILENCIO

Bip....bip....bip...una y otra vez, de manera rítmica y monótona, el sonido del monitor cardíaco se repite como queriendo hacerme compañía, pero lo único que consigue es ponerme nerviosa, sobre todo en los momentos en los que no tengo nada en que pensar y mi mente se concentra precisamente en ese bip...bip molesto, casi inquietante. Entonces mi corazón se acelera y el ritmo del engorroso pitido aumenta, hasta que consigo controlar mi respiración y de nuevo vuelve a la normalidad.
No sé cuánto tiempo llevo postrada en esta cama de hospital. Lo último que recuerdo es mi moto empotrándose con aquel camión que de pronto se interpuso en mi camino. Luego desperté aquí, conectada a un montón de máquinas que por suerte han ido desapareciendo poco a poco, hasta quedar únicamente el cacharro ese que controla mi corazón y que me recuerda, día tras día, que a pesar de todo todavía estoy viva.
Si, estoy viva, aunque nadie parezca darse cuenta. Ellos piensan que por el mero hecho de estar aquí tumbada, con los ojos cerrados y completamente inmóvil, ya estoy con un pié en la tumba, pero no es verdad. Sigo viva y escuchando todas sus palabras, intuyendo todos y cada uno de sus movimientos a mi alrededor.
La otra tarde, como todas las tardes, mamá me hablaba mientras tomaba con cariño mi mano entre las suyas. Entonces entró una enfermera a a hacerme no se qué y cuando la escuchó le dijo que no perdiera el tiempo, que yo no podía oírla, que el único sonido que podía llegar a mis oídos era el del silencio, es decir, nada. Así fue que mamá se calló de repente y yo me quedé sin mi consuelo vespertino. Supe que estaba llorando cuando la escuché sonarse la nariz y sollozar. Me dio rabia no poder paliar su sufrimiento, me dio coraje no poder decirle que no hiciera caso, que yo la oía cada tarde y que sus palabras eran lo más hermoso del mundo. Me hubiera gustado poder abrazarla, besarle la mejilla, demostrarle todo el cariño que nunca le demostré. No es que no la quiera, cómo no he de hacerlo, pero nunca se lo hice ver demasiado. Antes del accidente, cuando mi vida era normal, yo iba a mis cosas y jamás se me ocurrió sentarme a su lado un día cualquiera y escuchar sus problemas, sus inquietudes, sus ilusiones. Para mi era mi madre, la que tenía que estar ahí cuando a mi me diera la gana y la que debía atender todas mis necesidades, como si ella no las tuviera. Me duele que sea precisamente en estos momentos cuando por fin he conseguido comprenderla, cuando he descubierto todo lo que me gusta escuchar su perorata interminable de todas las tardes, que si se le ha quemado el asado porque se distrajo leyendo, que si Marina la de la tienda le pregunta por mi todos los días, que si está deseando mi vuelta a casa para que pueda ver el coche nuevo que se compró mi hermano....
Hay días en que viene muy triste. Lo sé porque habla poco y suspira mucho. Ayer fue uno de esos días. No me contó nada, sólo habló con Rosi, la enfermera que está de turno de tarde esta semana. Le preguntó si ella pensaba que yo podía escuchar. Rosi se sentó en mi cama, supongo que frente a ella, y le dijo que no lo dudara ni un instante.
-Estoy segura de que no sólo nos escucha – le dijo – sino que está deseando poder hablarnos y decirnos todo lo que siente.
-El otro día una compañera suya me dijo que mi hija sólo podía escuchar el sonido del silencio- replicó mamá- y yo, que hasta entonces no me había planteado ni por un segundo semejante posibilidad, me dije que tal vez tuviese razón. Lo mismo mi pequeña está más muerta que viva y yo estoy haciendo el ridículo hablando para las paredes. ¿Cuándo va a despertar? ¿Cuándo va a volver a ser la que era? Día tras día, cuando tomo su mano entre las mías y le cuento mis cosas, tengo la esperanza de que en cualquier instante voy a sentir como sus dedos aprietan los míos en un gesto que me confirme que está viva, que me escucha y que algún día todo volverá a ser como antes. Pero nunca ocurre. Por eso creo que quizá su compañera esté en lo cierto y en la mente de mi niña sólo exista negrura y silencio.
Me dolieron tanto sus palabras que una lágrima consiguió brotar de mis ojos y haciendo un esfuerzo sobrehumano conseguí que mi mano apretara la suya. Por una décima de segundo, efectivamente se hizo el silencio. Luego los gritos de felicidad de mi madre invadieron el hospital. Cuando vuelva esta tarde, creo que intentaré abrir mis ojos.



1 comentario:

  1. Creo que es la que más me ha gustado hasta ahora. Aun me faltan por leer la anterior y la siguiente, pero esta me ha llegado muy hondo.
    ¡Me he emocionado! He tenido que parar de leer y parpadear un par de veces para alejar las lágrimas de mis ojos.
    Tienes mucho talento al conseguir transmitir los sentimientos a los lectores. Eso, creo yo que es lo más importante. La escritura, la ortografía, el estilo... todo eso se puede mejorar y corregir en caso de que haya alguna deficiencia (que no es el tuyo, y si lo es no me he dado cuenta); pero transmitir no se aprende así como así.
    Felicidades!

    ResponderEliminar